«La masa es más fácil de dominar que el pequeño auditorio». Robert Michels
Pocas palabras son tan socorridas por el presidente de México como «pueblo». Se encuentra en la mayoría de sus declaraciones públicas. La usa como escudo para justificar sus decisiones y como flecha para atacar a sus adversarios, los cuales, en su opinión, parecen haber olvidado el mandato constitucional de que «la soberanía reside en el pueblo». A su vez, en sus intervenciones es conspicua la ausencia del término «ciudadano».
La revaloración del concepto de «pueblo» -junto con una fuerte postura antielitista- es común a todos los líderes populistas. Empero, en el caso de López Obrador tal concepto ha adquirido un lugar verdaderamente central: es al pueblo al que se debe y el que tiene la última palabra. La cercanía del pueblo lo nutre (sin importar contingencias sanitarias) y a él incluso apela para decidir el destino de inversiones multimillonarias por medio de «consultas populares» sin reglas claras.
¿Con ello el presidente está impulsando una democracia más auténtica? Al contrario, tal postura retórica refleja una visión autoritaria que se fundamenta en la legitimidad de un supuesto respaldo mayoritario que nunca varía. Ello, sin embargo, desestima el componente liberal de la democracia (que es crucial para la prevalencia de tal sistema político), entendido como la existencia de mecanismos de control del poder y de garantías para las minorías, así como de respeto por el Estado de derecho.
Es evidente que López Obrador no percibe una sociedad compuesta por individuos y grupos con diversos intereses que deben conciliarse dentro de un marco institucional con reglas que limitan el poder discrecional. Al contrario, ve una «masa» de cuya voluntad él es el primer y último intérprete. El «pueblo bueno» nunca se equivocará porque éste jamás se opondrá a su voluntad.
Bajo este paraguas se ubican aquellos a quienes controla por medio de mecanismos corporativos y clientelares. Se trata de beneficiarios de programas sociales -definidos a partir de un padrón elaborado por su propio partido- y miembros de organizaciones políticas y sindicatos dependientes del erario y guiados por líderes afines.
Tal postura no es nueva. Hay ejemplos a lo largo de la historia de tal estrategia política. Giovanni Sartori la tenía bien ubicada: «el demagogo es el manipulador por excelencia de la soberanía popular […] apela a las muchedumbres gritando que el pueblo siempre tiene razón». Así: «el demagogo es el embaucador del pueblo por antonomasia».
No debe pasarse por alto que la utilización del concepto «pueblo» en López Obrador está permeada de supuestos teológicos. Se sabe que el presidente es fuertemente cristiano y cercano a la Teología de la Liberación (que busca unir cristianismo y marxismo). A partir de esta creencia ha asumido una postura de líder y redentor de su «rebaño», es decir, del pueblo.
Dada esta visión, parece poco probable que López Obrador modere su línea política u objetivos prioritarios en lo que resta del sexenio. Al contrario, su recurso al manto protector del pueblo se acentuará en momentos de crisis como los que se avecinan. Ante la adversidad fomentará mayor polarización contra «los adversarios» entre los que se encuentran partidos políticos y empresarios, así como organizaciones de la sociedad civil a la que tanto desprecia. Ello conlleva no pocos riesgos para la concordia social en un entorno preelectoral. Más aún, plantea malos augurios para el futuro de la democracia liberal y sus instituciones y, paradójicamente, para el bienestar del pueblo que el presidente dice querer favorecer.
Por: Alejandro Aurrecoechea Villela
El autor es analista de riesgo político.
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